Lo traumático y la angustia como brújula

2 de enero de 2026by Pablo Scuzzarello

La angustia y el deseo

En la angustia siempre hay algo del orden del deseo que no llega a reconocerse del todo.

Se padece este malestar porque nunca se encuentra exactamente aquello que se busca.

Entre el placer perseguido y el hallado,
entre lo anhelado y lo obtenido,
siempre queda un resto.

Algo no coincide.

Algo no termina de cerrar.

Y ese resto no es un accidente.

No es simplemente un error del camino.

Puede pensarse, más bien, como algo propio de la estructura del deseo.

Ese resto y el trabajo analítico

Ese resto que no conforma es, quizá, el lugar donde puede situarse algo del trabajo analítico.

No una reconciliación con el deseo.

No un acuerdo consigo mismo.

Sino una interrogación de la posición desde la cual alguien queda tomado por eso que insiste.

Porque no se trata de “querer bien” lo que se desea.

Ni de alinearse con un supuesto «deseo verdadero».

Se trata, más bien, de poder leer qué lugar ocupa cada quien frente a eso que retorna, que empuja, que no termina de resolverse por la vía de la satisfacción.

Lo decisivo no es borrar esa diferencia.

Lo decisivo es qué se hace con ese resto.

Qué posición se toma frente a eso que no encaja.

Y allí puede abrirse otra relación con el padecimiento.

Los tipos de angustia según Freud

Freud distinguía dos formas de angustia:

👉 Angustia señal

👉 Angustia automática

Esta distinción sigue siendo clínicamente muy valiosa.

No porque permita clasificar de manera cerrada todo lo que ocurre.

Sino porque ayuda a pensar dos modos diferentes en que la angustia puede presentarse.

Lo traumático y la angustia como brújula

Angustia señal

La angustia señal funciona como una alarma.

Advierte.

Anuncia.

Permite poner en marcha defensas frente a algo que se vive como peligroso, conflictivo o traumático.

Cuando el yo reconoce una situación de peligro, la angustia aparece de manera más acotada.

No arrasa por completo.

Se presenta bajo una forma más delimitada, justamente para servir de aviso.

Eso permite que se activen recursos defensivos orientados a alejar o reducir aquello que amenaza.

En estos casos, puede construirse una representación de lo que ocurre.

Por ejemplo:

👉 miedo a la muerte

👉 miedo a volverse loco

👉 miedo a estar ante mucha gente

👉 miedo a los lugares cerrados

Es decir, la crisis encuentra algún tipo de «ligadura psíquica».

Puede decirse algo de ella.

Puede nombrarse, aunque sea parcialmente, aquello que angustia.

Angustia automática

Muy distinta es la angustia automática.

Aquí ya no hay alarma que prepare.

No hay anticipación suficiente.

No hay un marco que permita ordenar lo que irrumpe.

Lo que aparece es un afecto de terror o de pánico que desborda.

Hay una vivencia de paralización.

No se puede pensar con claridad.

No se puede actuar.

Freud vincula este modo de la angustia con la sorpresa y con el fracaso de la función de señal.

Y entonces alguien queda a merced de un acontecimiento que se vuelve traumático justamente porque no hubo preparación para enfrentarlo.

En ese punto, la angustia ya no advierte:

invade.

El ataque de pánico

El ataque de pánico, por ejemplo, puede pensarse dentro de esta lógica.

Se trata de un estado de angustia máxima en el que el afecto irrumpe de manera brusca, sorprende y no logra articularse a una circunstancia precisa.

Hay terror.

Hay desborde.

Hay una sensación de amenaza extrema.

Pero muchas veces no se sabe a qué atribuir eso que se siente.

No hay un objeto claro.

No hay una explicación que calme.

Y justamente allí radica parte de su carácter devastador.

La angustia en la clínica psicoanalítica

En la clínica psicoanalítica, la angustia no se toma simplemente como un exceso que habría que hacer callar.

No es, para nosotros, algo que deba ser solo corregido, reeducado o aplastado.

La angustia puede tener valor de brújula.

Puede orientar.

Puede señalar un punto donde algo insiste y todavía no encuentra un modo de decirse.

Esto no significa idealizar el sufrimiento, ni que quien lo padece tenga que festejar.

Pero en análisis no se trata solamente de silenciar la angustia.

Se trata de abrir la posibilidad de que algo de eso pueda expresarse.

De que no quede reducido a un fenómeno mudo del cuerpo.

De que pueda empezar a leerse qué se juega allí.

No hacerla callar demasiado rápido

En esto, la clínica analítica se diferencia de otros discursos.

Porque no reduce la angustia a un simple error que debe ser eliminado cuanto antes.

A veces, hacerla callar demasiado rápido también impide escuchar lo que allí insiste.

Por eso, para nosotros, no se trata solamente de suprimir el afecto.

Se trata de interrogar qué lugar ocupa,
qué viene a señalar,
y qué relación guarda con el deseo, con la falta y con aquello que no termina de encontrar inscripción.

Cita

Freud, S. Inhibición, síntoma y angustia (1925-1926).

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