Medicalización de la angustia: cuando el malestar se tapa demasiado rápido
Medicalizar la angustia. Hay algo que conviene no perder de vista.
No todo sufrimiento necesita ser acallado de inmediato.
No todo malestar pide, como primera respuesta, una supresión.
Y sin embargo, en esta época, muchas veces la angustia queda rápidamente del lado de lo que habría que corregir, estabilizar o eliminar.
Como si su valor estuviera únicamente en el hecho de molestar.
Como si no dijera nada.
Como si no señalara nada.
Por supuesto, hay medicaciones que resultan necesarias.
Hay cuadros clínicos que las requieren.
Hay momentos en los que su uso puede ser importante, e incluso imprescindible.
Pero reconocer eso no obliga a aceptar su uso generalizado e indiscriminado.
Una cosa es un recurso clínico.
Otra, muy distinta, es convertirlo en una respuesta automática frente a cualquier forma de padecimiento.
Y ahí es donde conviene detenerse.
La industria farmacéutica y el empuje a medicar
Tampoco se puede pensar este fenómeno por fuera de los intereses que lo sostienen.
La industria farmacéutica no ocupa un lugar menor en la forma en que hoy se organiza buena parte del discurso sobre la salud mental.
No se trata solo de producir medicamentos.
También se trata de orientar modos de leer el sufrimiento.
De financiar investigaciones.
De sostener ciertos enfoques.
De empujar una lógica donde el malestar queda cada vez más del lado de lo clasificable, lo diagnosticable y lo medicable.
En ese marco, no sorprende que prosperen modelos terapéuticos breves, adaptados a la rapidez de la época y compatibles con una lógica de resultados inmediatos.
Nombrar.
Clasificar.
Intervenir rápido.
Reducir el síntoma.
Como si la urgencia por hacerlo callar alcanzara para comprenderlo.
Pero la angustia no siempre pide silencio.
A veces pide otra cosa.
A veces, antes que ser borrada, necesita ser leída.
En esa línea, cuando el malestar aparece sin una causa evidente y desconcierta justamente por no dejarse ubicar con facilidad, también puede leerse desde lo que desarrollo en cuando la angustia aparece sin avisar.
El problema de reducir el síntoma a una etiqueta
Hay un punto delicado ahí.
Cuando la angustia se transforma demasiado rápido en diagnóstico, algo se pierde.
No todo puede ordenarse en una etiqueta sin que algo quede afuera.
Y muchas veces lo más importante es precisamente eso que no encaja del todo.
Eso que insiste.
Eso que vuelve.
Eso que no se deja resolver tan fácilmente.
La lógica de clasificar y medicar propone una ilusión de cierre.
Como si para cada sufrimiento hubiera una respuesta predeterminada.
Como si bastara con ubicar un nombre correcto para que el problema quedara, de algún modo, resuelto.
Pero no funciona así.
No es simplemente una falla.
No es solo un error del cuerpo o una alteración que convendría corregir.
Es también una forma en que algo irrumpe cuando no encontró todavía otro modo de decirse.
Qué se pierde cuando la angustia se aplasta
Cuando la angustia se medicaliza demasiado rápido, se pierde su función indicativa.
Y eso no es un detalle menor.
Freud ya había mostrado que la angustia no se reduce a una sensación desagradable que convendría eliminar sin más.
Tiene una relación con la posición del sujeto frente a aquello que vive, hace, calla o no logra tramitar.
Por supuesto que aparece en el cuerpo.
Se siente en el pecho.
En la respiración.
En el ritmo cardíaco.
En el temblor.
En la opresión.
En el ahogo.
Y justamente porque se siente con tanta intensidad, muchas veces aparece el impulso de querer terminar con eso cuanto antes.
Es comprensible.
Pero que sea comprensible no significa que alcance.
Porque si lo único que se hace es taparla, entonces se pierde la posibilidad de interrogar qué está señalando.
Cuando esta irrupción toma la forma de palpitaciones, ahogo, sensación de muerte inminente o pérdida de control, también puede ayudarte leer cuando el cuerpo entra en pánico.
La falsa promesa de una solución rápida
La época empuja a eso:
soluciones rápidas,
protocolos breves,
respuestas inmediatas.
Pero hay sufrimientos que no se dejan reducir a esa lógica.
No porque sean más graves.
Sino porque son más particulares.
No siempre lo que angustia puede tramitarse bajo la forma de una corrección rápida.
No siempre alcanza con disminuir la intensidad del síntoma si aquello que lo sostiene permanece intacto.
A veces, el alivio inmediato tiene un costo.
Y ese costo es no escuchar nada de lo que allí estaba en juego.
Entonces la angustia se apaga un poco, sí.
Pero la pregunta también.
Y cuando la pregunta desaparece demasiado pronto, algo queda desalojado de su propio padecimiento.
Cuando el malestar pasa a ser solo consumo
Hay otro riesgo.
Que la angustia deje de ser una pregunta y pase a ser administrada únicamente como consumo.
Ansiolíticos.
Antidepresivos.
Reguladores.
Cada vez más presentes como si fueran la respuesta natural frente a cualquier forma de sufrimiento.
No se trata de demonizar la medicación.
Se trata de no convertirla en una coartada universal.
Porque cuando todo queda del lado de la supresión, muchas veces se pierde la posibilidad de construir otra relación con eso que angustia.
Y entonces el malestar ya no se escucha, no se lee.
Solo se gestiona.
Solo se intenta mantener dentro de límites tolerables.
Pero no todo lo intolerable se resuelve calmándolo.
A veces, lo que se necesita no es solo disminuir el síntoma, sino abrir un espacio donde eso pueda empezar a ser dicho.
Otra posición frente a la angustia
La cuestión no sería entonces cómo eliminar la angustia a cualquier precio.
Tal vez la pregunta sea otra.
Qué dice.
Qué señala.
Qué insiste ahí.
No para romantizar el sufrimiento.
No para rechazar de plano cualquier recurso farmacológico.
Sino para no perder de vista que, antes de ser un trastorno a corregir, la angustia puede ser también una vía de acceso a algo que no encontró todavía palabras.
Cuando aparece de forma difusa, sin motivo claro, como una presencia difícil de ubicar pero imposible de ignorar, también puede ayudarte leer ansiedad sin motivo aparente.
Y cuando ese malestar se vuelve frecuente, deja huella o empieza a ocupar demasiado lugar, quizá ya no se trate solo de hacerlo callar.
En algunos casos, iniciar una psicoterapia online permite empezar a construir otro lugar para eso que hoy solo aparece como síntoma.
No para aplastarlo rápidamente.
Sino para escuchar qué insiste en él.





