¿…Que (ser) soy Yo…?

2 de agosto de 2022by Pablo Scuzzarello

Cuando la pregunta por uno mismo angustia

Cuando la pregunta no encuentra una respuesta simple

Hay preguntas que no se responden de una vez.

Preguntas que vuelven.

Que insisten.

Que, incluso cuando parecen callarse, siguen trabajando.

“¿Quién soy?”
“¿Qué deseo?”

No son preguntas menores.

Tampoco preguntas puramente intelectuales.

Cuando alguien se confronta de verdad con eso, no siempre encuentra claridad.
Muchas veces encuentra angustia.

Porque preguntarse por el deseo no es solamente buscar una preferencia, una elección o una identidad estable.

Es también rozar algo de la falta.
Algo que no termina de cerrarse.
Algo que no se deja nombrar del todo.

Y ahí, más de una vez, aparece el malestar.

No tanto por no tener respuestas, sino por empezar a sospechar que quizá no haya una respuesta definitiva.

Las palabras con las que alguien intenta nombrarse

A veces esa pregunta por quién se es aparece ya respondida.

Pero respondida de una forma que más que abrir, fija.

“Soy aburrido.”
“Soy violenta.”
“Soy histérica.”
“Soy torpe.”
“Soy solo.”
“Soy así.”

Son frases que parecen decir algo de la persona, pero muchas veces dicen más del modo en que quedó nombrado que de quien decide ser.

No siempre se trata de una identidad.
A veces se trata de una marca.

De una palabra heredada, y fundamentalmente tomada.
De una forma de presentación que se fue endureciendo con el tiempo.

Y entonces lo que una persona repite sobre sí misma empieza a funcionar como un destino.

No como una pregunta abierta, sino como una condena silenciosa.

¿…Que (ser) soy Yo…

Lo importante es empezar a escuchar de dónde viene.
Quién la dijo antes.
Qué historia la sostiene.
Qué escena la dejó fijada.

No todo lo que alguien dice ser dice quién es

Hay algo engañoso en esas autoidentificaciones.

Porque dos personas pueden decir exactamente la misma frase y, sin embargo, estar hablando de cosas completamente distintas.

Un hombre puede nombrarse homosexual por recuerdo de una escena infantil.
Otro, por sus fantasías.
Y otro puede tener relaciones habituales con hombres y, aun así, rechazar por completo esta palabra para definirse.

Entonces la cuestión no pasa solo por la palabra usada.

Pasa por el valor que esta tiene para cada quien.

Por el lugar que ocupa.

Por el modo en que organiza una historia, una culpa, una vergüenza, un conflicto.

Lo que suele hacer sufrir no es únicamente lo vivido.

Muchas veces, también, lo que hace sufrir es el modo en que eso quedó significado.

Cuando las palabras se vuelven una herida

Hay palabras que nombran.

Y hay palabras que hieren.

A veces una persona llega diciendo “soy solo”, “soy un desastre”, “no valgo”, “siempre arruino todo”.

Lo dice como si estuviera diciendo una verdad sobre sí.

Pero cuando empieza a hablar, aparece otra cosa.

Aparece la historia de alguien que fue dejado de lado.
De alguien a quien no esperaron.
De alguien sobre quien pesaron palabras, gestos o silencios que fueron haciendo marca.

Se trata de leer qué inscripción hay ahí.

Qué nominación humillante se volvió parte de su modo de estar en el mundo.

Qué palabra del Otro fue tomada como si dijera, de una vez y para siempre, quién se es.

Cuando esto se vuelve insistente y mortificante, también puede leerse desde lo que trabajo en cuando la angustia aparece sin avisar.

Desarmar lo que quedó fijado

Hay una tarea clínica que no consiste en reforzar identidades ni en ofrecer etiquetas más amables.

Consiste, más bien, en desarmar lo que quedó demasiado fijado.

Deshacer esas atribuciones con las que alguien carga.

No para reemplazarlas por una versión más positiva de sí mismo.

No para fabricar un yo más fuerte, más adaptado o más correcto.

Sino para que pueda abrirse otra relación con eso que hasta ahora funcionaba como definición cerrada.

No ocupando ya ese lugar de objeto para ese Otro.

Esa especie de muleta servil.
Ese objeto maldiciente.
Esa puta.
Ese resto.
Puro desecho.

Tampoco quedando fijado a esas ofensas,
a ese maltrato,
a esas palabras hirientes que lastiman hasta astillar el sentir.

Palabras que el Otro dirige,
pero que muchas veces también terminamos consintiendo, tomando.

ya sea por la culpa que nos invadía,
por temor,
o por el lugar que teníamos.

Pero eso no ocurre sin antes deshacer algo.

Desgranar esas atribuciones humillantes.
Esas nominaciones que parecían decir quién se era.
Esas marcas con las que la persona quedó identificada/o.

Y en ese movimiento, un análisis puede abrir una experiencia particular:

la de atravesar algo del duelo.

Un duelo que aquella letra de tango transmite con una precisión difícil de igualar:

“…la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser…”

La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser…

La vergüenza de haber sido eso.

Eso que el sujeto fue como objeto para el Otro.
Ese resto.
Ese desecho.
Eso que se era para el Otro.

Y también el dolor de ya no serlo.

Porque aquel lugar, por mortificante que haya sido, era al fin y al cabo un lugar.

Y dejar de ocuparlo no siempre trae alivio inmediato.
A veces también deja una intemperie.

Una dolencia momentánea por no tener todavía dónde alojarse.

Como tan bien condensa esa pregunta que insiste:

“¿Quién soy para vos?”

Es decir:

¿qué lugar tengo en el deseo del Otro?
¿dónde me ubico?
¿quién soy cuando esas atribuciones empiezan a desmantelarse?

Hay un momento en que esas identificaciones narcisistas mortificantes comienzan a caerse.

Se desarman.
Se desgastan.
Se desbastan.

Y entonces aparece, no una respuesta cerrada, sino la posibilidad de dejar de ser únicamente eso que había sido impuesto.

La repetición en el amor, en el trabajo, en los vínculos

Lo que quedó escrito en esa relación temprana con el Otro no desaparece solo porque pase el tiempo.

Muchas veces se repite.

En la pareja.
En el trabajo.
En la amistad.
En el amor.

El que fue tratado como resto vuelve a colocarse donde lo degradan.
El que solo fue querido obedeciendo, vuelve a ceder demasiado.
La que fue asfixiada, a veces asfixia.
El que fue reducido al silencio, calla o se deja callar otra vez.

No se trata de una decisión consciente.

Se trata, muchas veces, de una lógica que insiste.

De una posición subjetiva que se repite mientras no pueda ser leída de otro modo.

Y ahí el análisis no apunta a moldear a alguien según un ideal.

Apunta a producir un movimiento.

Un pequeño desplazamiento.

Una posibilidad distinta frente a aquello que se repetía como destino.

Otra posibilidad

La cuestión no sería entonces responder rápido quién se es.

Ni encontrar una identidad final que calme de una vez por todas.

Tal vez se trate de otra cosa.

De poder interrogar las palabras con las que uno quedó nombrado.
De leer qué lugar ocupó para el Otro.
De ubicar qué repite.
De empezar a separarse, aunque sea un poco, de esas definiciones que hasta ahora parecían destino.

Cuando esta pregunta por uno mismo deja de ser solo sufrimiento y encuentra un lugar donde desplegarse, algo distinto puede empezar a escribirse.

¿…Que (ser) soy Yo…

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